
La reforma bicameral de 2024 entierra la “vaca express”: el próximo mandatario, sin mayoría y con el margen más estrecho en décadas, enfrentará un blindaje institucional inédito que hace casi imposible repetir la danza de derrocamientos de los últimos ocho años.
“Igual lo van a destituir”. La frase se ha convertido en un cliché automático en todos los análisis internacionales sobre Perú. Hay solo un problema: describe un sistema que dejó de existir hace un año. El próximo presidente —sea Keiko Fujimori o Roberto Sánchez— asumirá con la legitimidad más frágil desde el regreso de la democracia, pero lo hará bajo unas reglas que blindan su cargo como nunca antes en lo que va de siglo.
A cuatro días de la segunda vuelta del 7 de junio, Perú sigue sin conocer a su próximo mandatario. El conteo oficial de la ONPE mantiene a Fujimori y Sánchez separados por décimas de punto sobre más de 18 millones de sufragios. El Jurado Nacional Electoral ya advirtió que la proclamación podría demorar casi un mes.
Mientras el país espera, afuera repiten el libreto de siempre: presidente débil, Congreso aplastante, destitución inminente. Pero ese libreto se escribió bajo otra Constitución.
En marzo de 2024, el Congreso aprobó la Ley de Reforma Constitucional N.º 31988 y restableció la bicameralidad, eliminada por la Constitución de 1993 tras el autogolpe de Alberto Fujimori. A partir del 28 de julio de 2026, el Parlamento volverá a tener Diputados y Senado.
La consecuencia es radical para la pregunta que domina cada transición peruana: ¿cuánto dura el próximo presidente?
Antes (sistema unicameral 1993-2024):
Ahora (bicameral desde 2026):
Ya no existe la vacancia exprés. Derribar a un presidente ahora exige sostener dos mayorías especiales en dos tiempos políticos distintos.
El Congreso elegido el 12 de abril está partido en seis fuerzas. Según proyecciones de Datum:
| Partido | Diputados (130) | Senadores (60) |
|---|---|---|
| Fuerza Popular (Keiko Fujimori) | 44 | 22 |
| Juntos por el Perú (Roberto Sánchez) | 22 | 14 |
| Resto (4 partidos) | 64 | 24 |
Ninguna fuerza alcanza el 35% en ninguna cámara. Para reunir 87 votos en Diputados y 40 en Senado, hacen falta alianzas entre adversarios que no se soportan, sostenidas en el tiempo suficiente para superar dos procesos separados. En el medio, el Ejecutivo dispondrá de días —gracias a los nuevos plazos reglamentarios— para desarmar cualquier embestida.
Destituir al presidente no es imposible. Pero es cualitativamente más complejo que el raid de derrocamientos que normalizó una década de inestabilidad.
Un presidente que llega raspando con el 50% sabe que no tiene capital para confrontar. Eso lo obliga a negociar, ceder, construir alianzas que no comparte pero que necesita. Es exactamente el comportamiento que el nuevo diseño institucional premia.
Y es exactamente lo contrario de lo que hizo Pedro Castillo: llegó con mandato popular y lo gastó en conflicto permanente hasta que lo sacaron.
La fragilidad electoral, en este escenario, puede transformarse en estabilidad política.
Desde 2016, Perú tuvo ocho presidentes. Promedio: uno por año. Pero ese promedio corresponde a un sistema que ya no rige.
El noveno presidente de esta época operará con otras reglas: sin mayoría, con el margen más estrecho en décadas, pero con un umbral de destitución tan alto que ninguna crisis recurrente podrá saltarlo sin un consenso real.
Puede ser el presidente más débil electoralmente en la historia reciente de Perú.
También el más difícil de derribar.
“La inestabilidad peruana no era solo un problema de liderazgo: era un problema de ingeniería institucional. Con la bicameralidad, esa ingeniería cambió. Ahora la pregunta no es si el próximo presidente caerá, sino si la clase política aprenderá a usar su nueva jaula de hierro… o se pasará los cuatro años tratando de romperla.”
