
El MIMP alerta que el control y la dominación son las primeras grietas del femicidio; Lima concentra el 53% de los reportes de emergencia
El Perú ha registrado 67 feminicidios entre enero y junio de 2026, una cifra que encierra no solo vidas rotas, sino el fracaso estructural de un sistema que sigue sin frenar la violencia machista. Paralelamente, la Línea 100 ha recibido más de 72.000 llamadas válidas por violencia de género, lo que evidencia que la emergencia no ocurre en las sombras, sino a plena luz del día, en hogares, calles y relaciones cotidianas. Los especialistas advierten: el patrón de control y celos extremos es la antesala del crimen.
Según el último reporte del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP), los feminicidios perpetrados en el primer semestre de 2026 ascienden a 67, lo que equivale a una muerte violenta cada 2,7 días. Esta estadística, lejos de mostrar una tendencia a la baja, se mantiene en niveles críticos, similar a años anteriores, y refleja la profundidad de una crisis que atraviesa todas las clases sociales y regiones.
Patricia Garrido, directora del Programa Warmi Ñan, confirmó en conferencia de prensa que la Línea 100 gestionó 72.084 llamadas efectivas —aquellas que requirieron orientación, intervención o derivación—, aunque el total de comunicaciones entrantes superó las 190.000. El restante corresponde a llamadas abandonadas, errores o perturbadoras, lo que pone en relieve la saturación del sistema y la necesidad de ampliar los canales de respuesta.
El MIMP ha trazado un perfil recurrente en los casos fatales: hombres que ejercen un control obsesivo sobre la pareja, que vigilan sus claves personales, sus horarios y sus vínculos sociales, y que reaccionan con violencia extrema ante la posibilidad de una separación o ante cualquier indicio de autonomía femenina.
“Las situaciones de riesgo pueden comenzar en la adolescencia, con micromachismos que normalizan la vigilancia”, alertó Garrido. Un ejemplo reciente es el de un agresor confeso que asesinó a su pareja al descubrir que mantenía una conversación con otro hombre. Este tipo de desencadenante —los celos como justificación— evidencia que el feminicidio no es un estallido irracional, sino la culminación de un proceso de dominación que pudo ser detectado a tiempo.
La región Lima acumula más de 38.000 llamadas de auxilio, lo que representa más de la mitad de los reportes nacionales. Le siguen el Callao (más de 3.000), y en el interior destacan Arequipa, Cusco, Puno y La Libertad, con cifras que encienden alarmas en zonas donde la presencia del Estado es más débil y la denuncia, más difícil.
El MIMP insiste en que la geografía de la violencia no tiene fronteras: el machismo atraviesa ciudades y campos, y exige una respuesta descentralizada que no dependa únicamente de los centros urbanos.
La directora de Warmi Ñan fue enfática: “No existe ninguna justificación para el ejercicio de la violencia contra las mujeres”. Y agregó que la detección temprana de conductas controladoras —como revisar el celular, aislar a la víctima de su familia o impedirle tomar decisiones— puede ser la diferencia entre una vida y una tragedia.
Desde el MIMP se reitera que la violencia no es un problema privado, sino un delito que debe ser denunciado y perseguido con todas las herramientas del Estado. Sin embargo, los datos revelan que aún persisten barreras culturales, temor a represalias y desconfianza en el sistema de justicia, lo que subraya la urgencia de campañas de sensibilización y fortalecimiento institucional.
El MIMP pone a disposición de la ciudadanía tres vías fundamentales de atención:
Cada cifra de este informe es una historia interrumpida, una familia devastada y una alerta que no puede ser archivada. Los 67 feminicidios y las 72.000 llamadas de auxilio no son meros números: son el termómetro de una sociedad que sigue tolerando la violencia. La pregunta que queda en el aire es si el sistema judicial, los medios de comunicación y la ciudadanía estarán a la altura de la urgencia. Denunciar no es un acto de valentía aislado, es un deber colectivo. La próxima vida salvada podría depender de una llamada oportuna, de una vecina atenta o de un policía que no minimice el riesgo. La violencia se alimenta del silencio; romperlo es el primer paso para desactivar la maquinaria del feminicidio.
