
Hace aproximadamente cinco siglos, niñas y jóvenes fueron conducidos hasta las cumbres más elevadas de los Andes para participar en ceremonias religiosas del Imperio inca. Allí, en medio de condiciones extremas de frío y altitud, algunos fueron sacrificados como ofrendas a sus divinidades. Sus cuerpos quedaron preservados naturalmente durante siglos, conservando información que hoy permite reconstruir aspectos desconocidos de sus últimos meses de vida.
Un equipo internacional de investigadores analizó muestras de cabello y uñas de ocho momias encontradas en diferentes montañas de Perú y Argentina. El estudio, publicado el 3 de noviembre de 2026 en la revista científica Antiquity, identificó rastros químicos de sustancias relacionadas con el consumo de hojas de coca, alcohol y, en uno de los casos, harmina, un alcaloide presente en determinadas plantas utilizadas tradicionalmente en preparaciones de ayahuasca.
La investigación, dirigida por Dagmara Socha, de la Universidad de Varsovia, ofrece nuevas pistas sobre la capacocha, uno de los rituales religiosos más importantes de la civilización inca. Los resultados también sugieren que estas ceremonias no seguían necesariamente un procedimiento uniforme, sino que podían presentar diferencias dependiendo de las tradiciones y creencias de cada región.
Las muestras estudiadas procedían de momias encontradas en los volcanes Ampato y Sara Sara, en Perú, y en las montañas Llullaillaco, Chuscha y Quehuar, en Argentina. Las bajas temperaturas de estas elevaciones permitieron conservar los restos humanos durante aproximadamente 500 años.
Mediante técnicas avanzadas de cromatografía líquida y espectrometría de masas, los científicos detectaron cocaína y benzoilecgonina, un metabolito relacionado con el consumo de coca.
Este hallazgo es compatible con la práctica tradicional de masticar hojas de coca, una costumbre ampliamente extendida en el mundo andino. Estas hojas tenían importancia ceremonial y también podían ayudar a combatir la fatiga y afrontar las exigencias físicas de los desplazamientos a grandes altitudes.
Otro descubrimiento apareció en dos momias argentinas, procedentes de Chuscha y Llullaillaco. Los investigadores identificaron cocaetileno, un compuesto que se forma en el organismo cuando se consumen simultáneamente cocaína y alcohol.
La presencia de esta sustancia apunta a que ambas personas habían estado expuestas a las dos sustancias, posiblemente mediante hojas de coca y chicha, una bebida fermentada tradicional de los Andes.
El análisis de diferentes segmentos del cabello de la niña de Chuscha, de aproximadamente ocho años, permitió observar cambios en el consumo de estas sustancias durante los meses previos a su muerte. Los resultados indican que la exposición a la coca disminuyó durante el último mes, mientras que aparecieron nuevas evidencias relacionadas con la ingesta de alcohol.
Uno de los descubrimientos más llamativos corresponde a la Dama de Ampato, conocida popularmente como Juanita. Esta adolescente, de aproximadamente 14 años, fue encontrada en 1995 cerca de la cima del volcán Ampato, en el sur del Perú.
Al examinar sus uñas, los investigadores identificaron pequeñas cantidades de harmina, un alcaloide presente en determinadas especies vegetales utilizadas tradicionalmente en la elaboración de ayahuasca.
El descubrimiento abre una nueva línea de investigación sobre las sustancias vegetales que pudieron formar parte de algunas ceremonias religiosas incas. Sin embargo, es importante precisar que la presencia de harmina no demuestra que Juanita consumiera ayahuasca tal como se prepara actualmente.
Este compuesto también se encuentra en otras plantas y, además, los científicos no detectaron DMT, otro de los componentes característicos de numerosas preparaciones tradicionales de esta bebida.
Por tanto, el hallazgo constituye una evidencia de exposición a una sustancia vegetal de interés ceremonial, pero no permite identificar con certeza qué planta o preparación fue consumida.
Según los investigadores, la presencia de harmina podría estar relacionada con prácticas rituales específicas vinculadas a determinadas montañas consideradas sagradas por los incas.
Los resultados aportan una perspectiva diferente sobre la capacocha. Las variaciones encontradas entre las ocho momias sugieren que las sustancias utilizadas y los preparativos ceremoniales podían cambiar según el lugar, las creencias religiosas y las tradiciones locales.
La coca, el alcohol y otros preparados vegetales posiblemente desempeñaban funciones distintas dentro de estos rituales. Algunas sustancias pudieron utilizarse para afrontar el cansancio, mientras que otras habrían tenido un significado simbólico o ceremonial.
No obstante, los investigadores advierten que los análisis químicos no permiten determinar con exactitud qué experimentaron emocionalmente las personas sacrificadas ni reconstruir todos los detalles de las ceremonias.
Cinco siglos después, pequeñas muestras de cabello y uñas están proporcionando información que las crónicas históricas no lograron conservar. Estos restos permiten conocer mejor las prácticas religiosas, el consumo de sustancias vegetales y los preparativos que precedían a uno de los rituales más importantes del Imperio inca.
El caso de Juanita resulta especialmente significativo para la historia de las tradiciones medicinales y ceremoniales de los Andes y la Amazonía. Aunque todavía quedan muchas preguntas por responder, la ciencia continúa encontrando nuevas pistas sobre la relación entre las plantas, la espiritualidad y las antiguas civilizaciones sudamericanas.