
Dos sismos en una misma jornada sacudieron la capital venezolana, que aún sangraba por la crisis política y el trauma del 3 de enero. Entre réplicas, derrumbes y gritos ahogados, los vecinos relatan una pesadilla que ni el más viejo de los temblores había igualado.
No fue un rumor ni un presagio. Fueron dos sacudidas reales, tangibles, que hicieron bailar los cimientos de una ciudad ya herida. A las 11:42 de la mañana, la tierra rugió; minutos después, repitió. Y en medio del polvo y los cristales rotos, los venezolanos comprendieron que el verdadero terror no era el que venía del cielo, sino el que emergía desde sus propios pies. “Hermano, yo sentí que mi casa se derrumbaba. En un momento dije: ¡Hasta aquí llegamos!”, confiesa un vecino de Caricuao, mientras su voz aún tiembla tanto como las paredes de su hogar.
Si el 3 de enero ya había dejado una huella imborrable con la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores tras un ataque militar estadounidense, este miércoles la naturaleza quiso recordar que su furia no entiende de geopolítica. Dos movimientos telúricos, de magnitud 6.5 y 5.8 según el Servicio Sismológico Nacional, convirtieron las calles de Caracas en un escenario de pánico colectivo. Los chats de WhatsApp, más rápidos que las réplicas, se inundaron de audios entrecortados, videos de lámparas bailando y oraciones susurradas. Nunca, en décadas, los caraqueños habían sentido que el suelo fuera tan traicionero.
En Los Ilustres, una señora quedó atrapada entre su propia reja, doblada por la fuerza del sismo. “La reja se descuadró. Ha temblado tres veces acá”, narra, mientras sus vecinos, con un gato hidráulico improvisado, lograron liberarla. Más al este, en Los Palos Grandes, el agua corre como un río por los pasillos de edificios que parecían inquebrantables: “Se rompió el tanque de agua y todo se vino al suelo”, describe una residente. Pero quizá el relato más desgarrador llega desde Chacao, el municipio más exclusivo de la ciudad, hoy reducido a escombros: “El edificio caído al lado de mi casa me desarticuló el alma. Tanta gente conocida ahí. Un edificio de 12 pisos que quedó de la altura de tres”, escribe una artista, con un whisky en la mano y la mirada perdida.
Para muchos, el referente era el terremoto de 1967, aquel que marcó a toda una generación. Pero este, aseguran, fue peor. “Yo era un niño de 5 años cuando el de 1967. Me acuerdo clarito. Este me pareció más fuerte y mucho más largo”, afirma un profesor, como si comparara dos fantasmas. En El Hatillo, una madre observa las grietas en la habitación de su hija y repite, incrédula: “Nunca en mi vida había visto algo así”. Y en San Diego de Los Altos, un feligrés lamenta la pérdida de la iglesia que reconstruían con esfuerzo propio: “Sin ayuda oficial, y con el terremoto se ha perdido gran parte del trabajo realizado”.
Entre la desolación, surgen las súplicas desesperadas. Una mujer desde Miami clama por su madre de 93 años, atrapada en un edificio con daños estructurales. Otra, desde la distancia, ruega información sobre su prima de 70 años, con movilidad reducida, en el Colegio Madre Emilia de Maiquetía. “Si alguien sabe de refugios de emergencia, por favor comparta la información”, pide un venezolano en el exilio, mientras la solidaridad digital intenta paliar lo que las autoridades aún no logran gestionar.
En medio del dolor, el miedo y la incertidumbre, un hombre cierra la conversación colectiva con una frase que heló más que el propio temblor: “Mi madre, que tiene 99 años, dice que ya lo que nos falta es que a Venezuela lleguen los marcianos”. La risa amarga se mezcla con el polvo; nadie sabe si es un chiste o una profecía. Lo cierto es que, este 24 de junio, Caracas no solo tembló por dentro, sino que recordó que, cuando la tierra se mueve, todas las grietas, las políticas y las humanas, se hacen visibles.